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Cómo hablar con los hijos del problema de juego de un padre

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Decidir qué contarles a los hijos sobre el problema de juego de un padre es una de las decisiones más difíciles para unos padres, porque los dos extremos parecen arriesgados: decir demasiado poco, y los niños llenan el silencio con sus propias explicaciones, a menudo peores; decir demasiado, y cargan con un peso que no les corresponde. Existe un camino intermedio practicable, que depende mucho de la edad del niño.

Por qué el silencio rara vez protege como parece

Los niños en general ya perciben que algo va mal mucho antes de cualquier conversación: la tensión, los planes cancelados, las discusiones en voz baja son difíciles de ocultar del todo. Sin una explicación, suelen dar por hecho que la tensión tiene algo que ver con ellos, o inventan explicaciones mucho más aterradoras que la verdad. Una explicación breve, honesta y adecuada a su edad suele reducir la ansiedad de un niño en lugar de aumentarla, porque sustituye una amenaza desconocida por una conocida y acotada.

Qué decir según la edad

Los niños pequeños en general necesitan muy poco detalle: «Papá o mamá está pasando un momento difícil con el dinero y está recibiendo ayuda, y no es culpa tuya» es suficiente, repetido cuando haga falta. Los niños mayores y los adolescentes pueden manejar un lenguaje más directo y a menudo ya sospechan la palabra «juego»; nombrarlo con precisión, sin detalles gráficos sobre cantidades o episodios concretos, suele generar más confianza que seguir dándole vueltas. En todos los casos, evita pedirle a un hijo que mantenga la explicación en secreto frente al otro progenitor u otros familiares; esa petición lo recluta, sin quererlo, en el mismo secretismo que alimentó el problema.

Lo que no se debe cargar sobre un hijo

Un hijo no debería recibir detalles financieros de adultos que no puede procesar, sentirse responsable de los problemas de dinero de la familia, servir de mensajero entre los padres, ni que le pidan vigilar o informar sobre la conducta del padre que juega. Incluso versiones bien intencionadas de esto —«vigila a papá por mí»— colocan al niño en un papel que corresponde a los adultos, y suelen generar una ansiedad que dura más que el problema original.

La constancia importa más que una conversación perfecta

Una sola conversación rara vez resuelve las preguntas de un niño de forma definitiva. Es esperable que el tema reaparezca —tras un evento perdido, una discusión escuchada, un cambio de rutina— y conviene tratar esos momentos como ocasiones para reafirmar los mismos hechos sencillos: hay un problema, los adultos lo están gestionando, y no es culpa del niño. La repetición, hecha con calma, aporta más seguridad a un niño que un único discurso muy cuidado.

Cuándo recurrir a ayuda externa

Si un hijo hace preguntas que no sabes cómo responder, o muestra signos de ansiedad persistente, un orientador escolar, un pediatra o un servicio de apoyo familiar vinculado a una línea de ayuda sobre juego pueden ayudarte a encontrar las palabras adecuadas a su edad y a valorar si el niño necesita su propio apoyo. Es una situación bastante frecuente como para que estos servicios estén bien preparados; pedir ayuda es señal de buena crianza en circunstancias difíciles, no un fracaso.

Fuentes: GambleAware, hablar del juego con los hijos; National Council on Problem Gambling, recursos para la familia; American Academy of Pediatrics, hablar con los hijos sobre el estrés familiar.

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